Yo era ese amigo

La congregación terminó de cantar unos himnos. Luego el pastor pasó al frente y presentó a un amigo de su infancia que pasaría a compartir unas palabras esa noche. tras la presentación, un hombre anciano pasó al púlpito y comenzó a hablar:

«Un padre con su hijo, y un amigo de su hijo, navegaban en una pequeña barca cerca de las costas del Océano Pacífico. De repente, se levantó una fuerte tormenta y no tuvieron tiempo para regresar a tierra. Tan fuerte era el oleaje que el padre no pudo mantener la embarcación a flote a pesar de su experiencia. La pequeña embarcación se volcó, arrojando a los tres al mar embravecido».

La despedida

«Hijo mío, cuando estés en dificultades, no te olvides de orar a Dios. Con estas palabras una madre se despidió de su hijo único que se iba como marinero. Ella estaba muy preocupada por él, pues el joven acababa de rehusar entregar su vida a Dios. ¡Si por lo menos en la angustia se acordara de Dios!

«Eso de orar…ya lo veremos…» pensaba alegremente el joven. El quería dirigir su vida por sí mismo. Sin embargo, en su primer viaje el joven tuvo un accidente que le hizo pensar en Dios.

Decir todo a Dios

Yo me había acostumbrado a visitar regularmente a una cristiana, viuda desde hacía un año, que vivía en una modesta granja. Tenía dos hijos: el mayor estaba casado y vivía bastante lejos. El segundo, Lucio, vivía con su madre y parecía no poder defenderse sin su ayuda.

La muerte del padre había sido terrible para este hijo. Cierto día la madre me comunicó llorando que tenía cáncer. No temía morir, porque sabía que entraría en el eterno descanso, pero estaba preocupada por su hijo, cuya tristeza y desasosiego serían inmensos.

¿Qué decir en semejante circunstancia?   ¿Dónde buscar consuelo, sino junto al «Padre de misericordia y Dios de toda consolación»? (2 Corintios 1:3). Entonces confiamos nuestra tristeza a Dios, seguros de que nos escucharía y contestaría. Dios se llevó a esta creyente dos meses más tarde.

El amor de un padre

Los turcomanes, nombre dado a muchas tribus del Asia Central, son célebres por la fuerza de sus afecciones naturales. En prueba de esta aserción se cita el siguiente caso:

«Al fin del siglo xviii, Persia fue gobernada por un rey turcomano llamado Kurreem Kham, probablemente uno de los mejores que jamás había empuñado el cetro de aquel país. Un día llegó a él la noticia de que doce hombres habían sido robados y muertos bajo las mismas murallas de Shiraz, capital de su imperio. A pesar de las pesquisas de la policía, por mucho tiempo no fue posible descubrir a los criminales.

Por último se descubrieron, resultando ser de la misma tribu que el rey pertenecía.

La cruz pesada.

cruzUn joven, ya no daba más con sus problemas.
Cayó de rodillas, orando, «Señor, no puedo seguir.
Mi cruz es demasiado pesada».
El señor, como siempre, acudió y le contestó,
«Hijo mío, si no puedes llevar el peso de tu cruz,
guárdala dentro de esa habitación.
Después, abre esa otra puerta y escoge la cruz que tú quieras».
El joven suspiró aliviado. «Gracias, Señor» dijo,
e hizo lo que le había dicho.
Al entrar, vio muchas cruces, algunas tan grandes que no
les podía ver la parte de arriba.
Después, vio una pequeña cruz apoyada en un
extremo de la pared.
«Señor», susurró, «quisiera esa que está allá».

Yo soy Padre.

padreMientras contemplaba a su joven hijo dormir tranquilamente, Tom meditó: Realmente soy un padre.

Hasta que su hijo estuvo a punto de cumplir los nueve años, la idea de serlo no era algo nuevo. Lo novedoso fue su comprensión de la envergadura que representa el ser padre. La revelación afloró con lentitud, pero una vez consciente de ello, Tom no podía apartarlo de su mente. Y meditando en la definición de padre, le fue imposible no remontarse a su infancia.

Recordó a su padre recostado sobre la vieja camioneta Chevy de 1957, trabajando hasta altas horas de la noche para reparar el motor.

Vuelve a casa.

volverHabía una vez una viuda, que vivía con su hijo en un miserable desván. Años atrás, la mujer se había casado en contra de la voluntad de sus padres y se marchó a vivir con su esposo en un lejano país.

Su esposo fue un hombre infiel e irresponsable y después de varios años, murió son haber hecho provisión alguna para ella y su hijo. Con gran dificultad, logró hacer frente a las necesidades básicas de la vida.

Los momentos más felices en la vida del niño, fueron cuando la madre lo tomaba en sus brazos y le contaba sobre la casa de su abuelo

Sólo sacos de tierra.

sacosEl niño vivía con su padre en un valle en la base de un gran dique. Todos los días el padre iba a trabajar a la montaña detrás de su casa y retornaba a casa con una carretilla llena de tierra. «Pon la tierra en los sacos, hijo», decía el padre. «Y amontónalos frente a la casa».

Si bien el niño obedecía, también se quejaba. Estaba cansado de la tierra.

El buen padre y el padre bueno.

manos1Padres buenos hay muchos;
buenos padres, hay pocos.
No es difícil ser un padre bueno
en cambio, no hay nada más difícil
que ser un buen padre.-

Un corazón blando basta para ser un padre bueno
pero la voluntad más firme

Los nueve ¿dónde están?

agradecido«Diez hombres habían venido a Jesús cubiertos de lepra. «Y alzaron la voz, diciendo: Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros.» Le habían rogado. El Salvador les dijo: «Id, mostraos á los sacerdotes.» cumpliendo así la ley de Moisés sobre la lepra. Indudablemente los diez tenían la suficiente fe para obedecer las palabras de Cristo, pues partieron hacia el templo.