Tres cosas que valen la pena conocer.
Un cierto anciano se levantó una vez en una reunión y dijo «Me he pasado cuarenta y dos años para aprender tres cosas».
Escuché con gran ahínco, porque pensé que valía la pena el hallar en tres minutos lo que a otro le había costado cuarenta y dos años el poder aprenderlo.
Dijo que la primera cosa que había aprendido era, que él no podía hacer nada con respecto a su salvación. Efesios 2:8-9 «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe».
Veamos siete excusas que algunos hombres pusieron frente al llamamiento del Señor y que son las mismas que ponemos hoy día:
Estando un obispo de la Iglesia Metodista Episcopal del Sur a bordo del vapor «New Orleans» vio una noche a un hombre ir fugitivamente a cuarto, abrir y cerrar la puerta precipitadamente, pasando algo al interior pero sin entrar. Sospechó que era un caso de fiebre amarilla y después de instar a los oficiales del buque se le informó que se trataba de un sacerdote católico que había contraído esa espantosa enfermedad.
Un hombre soñó que repentinamente había muerto y había sido transportado al cielo. Estando en aquel mundo glorioso pensaba que estaba en él porque lo merecía. De pronto alguien vino a velo, lo llevó a las almenas, y comenzó el diálogo siguiente:
Se dice que en una batalla que dirigía el Duquede Wellington, una parte de su ejército estaba cediendo ante el enemigo, cuando de pronto un soldado vio al Duque entre sus propios combatientes, y el soldado gritó con voz estentórea y jubilosa: «¡Aquí está el Duque! ¡Dios lo bendiga!»
Un alfiler y una aguja encontrándose en una cesta de labores y no teniendo nada qué hacer, empezaron a reñir, como suele suceder entre gentes ociosas, entablándose la siguiente disputa.
En las heladas regiones de la América del Norte un indio hacía un caminito por entre la nieve, y además hacía otra cosa con unas ramas de abeto.
«Te vi ayer cuando comenzabas tus tareas diarias. Te levantaste sin ni siquiera orar a tu «Dios». En todo el día no hiciste nada de oración; de hecho, ni recordaste bendecir tus alimentos. Eres muy desagradecido con tu Dios, y eso me gusta de ti. También me agradaba la enorme flojera que demuestras siempre en lo que se refiere a tu crecimiento cristiano. Rara vez lees la Biblia y cuando lo haces estás cansado. Oras muy poco y muchas veces recitas palabras que no meditas.
Sean deportistas, cantantes o actores, los más famosos suscitan la admiración de las muchedumbres y son adulados por multitudes de entusiastas seguidores. ¡Son los ídolos de los tiempos modernos! Parecen grandes, pero sólo es una apariencia. Son como todos los seres humanos. Tienen los mismos problemas que el más común de los mortales. En general, su vida privada está lejos de ser ejemplar. Ilusionan a quienes les profesan un culto
Entonces vino palabra de Jehová por medio del profeta Hageo, diciendo: