¡Nadie me ama!
* Juan era un adolescente. Se sintió muy solitario. No estaba en casa porque sus padres se habían separado. El se había ido a la ciudad, esperando confiadamente en hallar amigos. Su dinero casi todo lo había gastado. Buscaba trabajo, pero le fue difícil conseguirlo. El trato de hallarse amigos; pero parecía que a nadie le importaba.
-¡Nadie me ama!- lloró con desesperación
Al bebé, de dieciocho meses de edad, lo llevaron al hospital. Estaba en estado comatoso. Presentaba grandes hematomas en la cabeza y golpes en diferentes partes del cuerpo. No pudieron salvarlo. Murió en las manos del médico.
Pandita Radimal, joven esposa india, tomó el sobre que le alargaban. Dio las gracias maquinalmente y salió a la sala de espera. Decenas de otras mujeres como ella estaban allí. Todas ellas tenían la misma expresión en el rostro que Pandita, una expresión de resignación, de pena, de tristeza, de conformidad a la fuerza contra un destino que ellas no deseaban. Pandita aceptaba, por un premio de rupias equivalentes a veintidós dólares, dejarse esterilizar para no tener más hijos
Solemne, transcurría el funeral. Yacía en la caja un eminente clérigo que había dedicado toda su vida a servir a la humanidad. Largas filas de personas que habían recibido de él algún consejo sabio, alguna ayuda espiritual, incluso algún beneficio material, testificaban cuándo, cómo y en qué circunstancias el reverendo les había ayudado.
Un simple abrazo nos enternece el corazón;abrazo
Recuerdo aquellos días hace mucho tiempo cuando nuestros hijos estaban aprendiendo a caminar. Primero mostraron su buena disposicion levantandose y dando uno o dos pasos vacilantes. Mi esposa y yo tendiamos nuestras manos y los alentabamos a caminar hacia nosotros. Los sosteniamos de las manos o por medio de tirantes en sus pantalones. Alababamos cada esfuerzo y alentabamos cada intento. Nunca nos desalentamos, ni nos rendimos hasta que aprendieron a caminar.