La oscura caverna
Un relato sobre la necesidad de arriesgarse para encontrar la verdadera luz
Hace mucho tiempo hubo una tribu que vivía en una oscura y fría caverna. La caverna era pequeña y la tribu vivía hacinada dentro de ella temblando de frío. Durante mucho tiempo, la tribu gritaba y se lamentaba.
Era todo lo que ellos hacían. Era todo lo que ellos sabían hacer. Los sonidos que emitía la tribu en la caverna eran fúnebres;
Erase una vez una pequeña vela que vivió feliz su infancia, hasta que cierto día le entró curiosidad en saber para qué servía ese hilito negro y finito que sobresalía de su cabeza. Una vela vieja le dijo que ese era su «cabo» y que servía para ser «encendida». Ser «encendida» ¿qué significaría eso?. La vela vieja también le dijo que era mejor que nunca lo supiese, porque era algo muy doloroso.
También les dijo: ¿Acaso se trae la luz para ponerla debajo del almud (cajón o vasija), o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero? Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz. Si alguno tiene oídos para oír, oiga. Marcos 4:21-23
Al terminar una Conferencia en Grecia, Fulghum se aproximó al director del Instituto que la promovía, Alexandros Papaderos, y preguntó cuál es el significado de la vida. Muchos de los que estaban alrededor se rieron y luego empezaron a dejar el local de la reunión. Papaderos lo miró por mucho tiempo, preguntando con sus ojos si él hablaba en serio y concluyó que si. “Contestaré su pregunta”.
Una pequeña niña se encontraba entre un grupo de personas, que eran guiadas en una excursión por una gran catedral. Mientras el guía daba explicaciones sobre las diversas partes de la estructura, el altar, el coro, la mampara y la nave principal, la atención de la pequeña estaba enfocada en una vidriera de colores.
Juanito se quedo mirando las velas que parpadeaban la noche de navidad en la mesa del comedor donde la familia celebraba la cena de Navidad.
Un sabio maestro, contó a sus discípulos la siguiente historia:
Hace unos años (1998) el este de Canadá fue azotado por una inolvidable tempestad de lluvia heladiza. Causó veintiún muertos y millones de dólares en pérdidas. Cerca de cuatro millones de personas fueron afectadas por la tragedia: transportes, abastecimientos… Miles tuvieron que abandonar su hogar. No había electricidad, por consiguiente tampoco había luz, ni agua, ni calefacción. En ese período de interrupción eléctrica, que duró varios días, se pudo comproba