Dénle ustedes de comer
Pasaje bíblico: Mateo 14.14-15:
“Al bajar Jesús de la barca, vio la multitud; sintió compasión de ellos y sanó a los enfermos que llevaban. Como ya se hacía de noche, los discípulos le dijeron: -Ya es tarde, y este es un lugar solitario. Despide a la gente para que vayan a las aldeas y compren comida”.
La respuesta del Señor fue desconcertante: “¡Dénles ustedes decomer!”. Y los discípulos naturalmente quedaron asombrados: ¿darde comer a más de cinco mil personas?
En muchas ocasiones también nosotros nos sentimos impotentes ante algún pedido que entendemos está mucho más allá de nuestras posibilidades.

Me apresuré a la tienda para comprar algunos regalos de última hora de Navidad. Miré a todas las personas y me comencé a quejar. Me gustaría estar aquí para siempre y yo tenía mucho que hacer. La Navidad estaba comenzando a ser una lata. Yo deseaba sólo dormir un poco durante la Navidad. Pero me apresuré lo mejor que pude a través de todas las personas al departamento de juguetes.
Mi hermano Kevin piensa que Dios vive debajo de su cama. Al menos eso es lo que le oí decir una noche. Estaba rezando en voz alta en su cuarto oscuro, y me detuve frente a su puerta cerrada a escuchar. «¿Estás ahí, Dios?» dijo. «¿Dónde estás? Ah, ya entiendo. Debajo de la cama.» Me reí en voz baja y de puntillas fui a mi cuarto.
Una reportera fue invitada una vez por un renombrado cirujano a contemplar una difícil operación que iba a realizar.
En una región montañosa del Kurdistán, todavía reina la costumbre de la «venganza de la sangre». Durante una pelea, un hombre mató a otro y enseguida se fugó, persuadido de que el hijo de la víctima quería vengar a su padre.
Un cierto joven yacía moribundo en India. Hacía algunos años había abandonado su hogar y «malgastado su dinero». Viéndose en la mayor miseria, escribió a su padre que le enviase dinero y ayuda.
El Libro de los Salmos es el más largo de todos los libros que componen la Escritura. Es un conjunto de poemas que al principio se cantaron. El libro de los Salmos se le llama el corazón de la Biblia, no porque se encuentre en el centro, sino porque en él se hallan expresados muchos sentimientos, en particular los que se le pueden atribuir al Enviado de Dios: Jesucristo.
No creamos que sólo cuando se es niño se puede tener el consuelo de unos brazos que nos alcen cuando nos sentimos tristes o tenemos miedo. Pensemos que aún siendo adultos, esos brazos se extienden para contenernos en los peores momentos.
La mujer se rió cuando me contó de la vez que despertó a su esposo para decirle que estaba de parto y que tenía que ir al hospital. Él saltó de la cama, cayó de rodillas, y dijo: «Cariño, vamos a orar.»