En una región montañosa del Kurdistán, todavía reina la costumbre de la “venganza de la sangre”. Durante una pelea, un hombre mató a otro y enseguida se fugó, persuadido de que el hijo de la víctima quería vengar a su padre.
Y efectivamente, éste se puso sobre la pista del asesino. La presecución duró varias semanas, hasta el día en que el fugitivo, agotado y hambriento, se durmió de cansancio, sin haber hallado un escondrijo seguro.
Se despertó sobresaltado al sentir una mano sobre su hombro. Entonces capituló diciendo: “No doy más, ya no puedo huir, mátame ahora mismo; es lo que merezco”.
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