-Quédense con su vieja Biblia. No la necesito, ¡yo soy mi propio dios!Así fueron recibidos en una cárcel dos visitantes que quisieron ofrecer un Nuevo Testamento a un preso llamado José.
Cuando volvieron una semana después, José acudió, tendiéndoles los brazos y exclamando:¡Ahora pueden llamarme hermano! Rehusé el Nuevo Testamento que ustedes querían darme, pero otro detenido lo aceptó.
Al volver a nuestra celda, mi compañero me pidió que le leyera en voz alta lo que estaba escrito en ese pequeño libro, ya que él no sabía leer.
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