Un atleta participaba en una maratón, lejos de su país de origen y sin nadie de su familia que le acompañara. Estaba fatigado, sentía que sus últimas fuerzas solo le permitirían avanzar unos pasos más; de repente, escuchó varias voces que le gritaban: ¡Animo! ¡Adelante! ¡Bravo! seguido de varios aplausos.
El sintió que una fuerza extraña se apoderaba de si, y arremetió los últimos metros que le faltaban ganando así la carrera.
Continuar leyendo “Si no tienes nada que dar, por lo menos da aliento.”